Eres tú, soy yo_
No sé mucho de ella. A parte de que tiene una hija de edad similar a la mía y de que habla con un acento ligeramente ruso —o eso creo— no sé nada de ella. Me recomendó bicarbonato para mi afta, me dio una crema para la comezón y evitar la hidrocortisona, y me dio las gotas para el oído de mi hija. Fue en la tercera o cuarta visita —mientras me acercaba al mostrador— cuando sus pupilas se dilataron al verme. Y las mías también.
A la del café le caigo bien. Se viste con ombligueras en invierno y siempre tararea una canción. De hecho, habla como si estuviera tarareando una canción, suave, como el café que me sirve, como la sonrisa que comparte cuando entro por la puerta. Nunca hemos hablado, pero los ojos sí.
Extraño a la portera. Se lastimó el brazo y lleva unas semanas sin salir. Es la persona con la que más he hablado desde que llegué. Hace unas semanas nos abrazamos porque me contó a detalle el día que murió su papá después de que yo le contara cómo me despedí de mi abuela. La veo de pasada cada mañana y, en medio instante, me trae un toque de alegría. Yo debo de traerle algo similar.
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Hace unos años, cuando me mudé a la montaña, pasé mucho tiempo repitiendo que aún no me sentía en casa. No me creía que vivía rodeado de árboles y nubes. Me lo repetía cada día: No siento aún que vivo aquí. Necesito más grounding. Me voy a quitar más los zapatos. Voy a conectar mi primer chakra con la tierra.
Pero hoy, cuando pagaba el café, llegó una claridad: Sí, la familiaridad del entorno, la rutina, la predictibilidad de cada día. Llegar al estante correcto del súper donde está el jabón de la lavavajilla. Todo eso me hace sentir en casa. Pero las pupilas dilatadas de alguien que me reconoce es lo que entra mucho más profundo. A todos los chakras.
Ahora también extraño al vagabundo de la esquina.
Hace unas semanas lo empecé a saludar y él a mí. Nunca le doy nada, a veces cruzo por el otro lado para evitarlo, pero cuando nuestros ojos se encuentran, algo pasa.
Ahora que no sé a dónde se fue, entiendo que la mirada de una persona que vive, duerme y defeca en la calle, es más importante para cómo me siento que las paredes seguras de mi departamento.