Asco_

Todas las mañanas escribo en mi diario.

Lo hago a mano, con una pluma que raspea un poco el papel. Me gusta eso. Me gusta que la velocidad de mis pensamientos tenga que negociar con la velocidad de mi muñeca. Me gusta que si cometo un error, quede ahí, visible, como evidencia de que algo cambió de dirección. Hay una lentitud en ese acto que no es ineficiencia. Es tempo. El tempo en que se mueve alguien que está tratando de entender algo.

Últimamente este ritual se siente diferente.

No sé bien cómo explicarlo. La pluma sigue siendo la misma. El papel también. Pero algo del acto ha cambiado, como si escribir a mano fuera cada vez más un anacronismo voluntario, casi una resistencia, y no estuviera seguro de si esa resistencia es sabiduría o nostalgia disfrazada de principio.

Cada mañana también, el algoritmo me muestra robots que doblan ropa, que sueldan piezas, que escriben código, que generan imágenes de una hiperrealidad desconcertante. Conversaciones donde la IA responde con una fluidez que envidio. Me muestra el futuro llegando, no como promesa sino como hecho consumado que todavía no termina de aterrizar en mí.

Y yo, con mi pluma que raspea, sintiendo algo que no tiene nombre.

---

El 6 de abril de 2020, casi seis años exactos al día de hoy, a los pocos días de que el mundo se encerrara por completo, tuve una conversación con mi amiga la Dra. Elisa Sacal que me ayuda a entender lo que estoy viviendo ahora. Fue un live de Instagram y fue la primera vez que aparecí en redes sociales. Antes de ese live no tenía Instagram, no había dado una clase, no había escrito para nadie. Hablar de algo en público resultó ser un portal muy poderoso para mí.


Lo que discutimos esa noche, leyendo un artículo de Harvard Business Review, era que la incomodidad generalizada que todos sentíamos en ese momento tenía un nombre: duelo. Y no solo el duelo ordinario por lo que ya habíamos perdido, sino algo más extraño: el duelo anticipatorio. Esa forma de perder algo que todavía no se ha ido del todo, pero cuya ausencia futura ya te habita. En abril de 2020 cancelábamos bodas que aún faltarían meses por llegar. El futuro seguía ahí, pero nadie sabía dónde iba a estar en ese futuro.

Los psicólogos identificaron el duelo anticipatorio estudiando a las esposas de los soldados que partían a la Segunda Guerra Mundial. Mujeres que vivían el luto antes de saber si sus maridos morirían. Que a veces, cuando regresaron, ya no los reconocían.

 “Esta incomodidad que sientes se llama duelo”. Éste era el título del artículo. Tan solo leerlo me calmaba. No resolvía nada, pero servía.

Lo que no sabía entonces era que iba a necesitar el mismo concepto seis años después, para algo diferente y extrañamente igual.

---

Lo que siento frente a la IA no es solo miedo. Es esa misma sensación de suelo que se mueve despacio, de manera casi imperceptible, y que te hace preguntarte si lo que percibes es real. Esta pérdida de previsibilidad, es quizás la pérdida más desorientadora: no saber qué va a ser verdad mañana que hoy todavía no lo es. Y esa inestabilidad que presiento en el futuro revela algo peor: que la estabilidad de hoy siempre ha sido una ficción.

La mente va al futuro e imagina lo peor antes de que suceda. Es la tormenta que hueles antes de que el cielo cambie.

Pero hay una diferencia que con COVID no existía. En la pandemia todo el mundo sabía, en algún nivel, que era temporal. Había un “del otro lado”. Y algo más: todos entramos juntos. Hubo una semana, un mes, en que el mundo completo cruzó el mismo umbral al mismo tiempo. El duelo era sincrónico. Y colectivo.

Con la IA no estamos en un duelo colectivo. Estamos en millones de duelos desfasados. Hay gente que lleva décadas viendo llegar esto. Gente que lo descubrió hace tres años, o el año pasado, o esta semana. Y gente que todavía no lo ha visto y tal vez no entiende lo que estoy diciendo ahora. No hay semana cero compartida.
Con el COVID cancelabas la boda. Con la IA presientes que la naturaleza de las bodas se va a transformar. Y no sabes cuándo, ni cómo, ni si tú estarás ahí para verlo, ni quién será el tú que estará ahí para verlo. Eso lo hace más difícil de nombrar.

Como con la IA no hay un “del otro lado”, no habrá un punto en el horizonte donde la transformación se detenga y se pueda evaluar el cambio. Lo que estamos viviendo no es un evento sino un estado permanente de mutación. Un cambio que no concluye. Y el duelo anticipatorio frente a algo que no termina de llegar porque ya está llegando y va a seguir llegando — eso no sé si tiene nombre todavía.

Y aunque le demos un nombre, el nombre no resolverá nada. Como con el duelo.

---

Escribo y publico esto porque en 2020 aprendí que hablar de lo que no sabemos decir es necesario aunque no sepa exactamente por qué.

Tal vez lo que se viene, si tenemos suerte, es que nos sigamos reuniendo a tratar de nombrar lo innombrable sin conseguirlo. Y justo eso hará que nos sigamos reuniendo.

Victor Saadia
Escrito con Claude. O por Claude. O junto a Claude. Todavía no sé el nombre.

Pero esto que siento sí tiene nombre: asco.

Y solo guardo una cosa para mí que en este instante deja de serlo:
yo nunca escribo con pluma, escribo con lapicero.


Victor Saadia