De ovocitos y memorias_

*Palabras en memoria de mi abuela Camille Hakim de Haiat.

  

Muchos dirían que estoy inventando si digo que recuerdo perfectamente a mi abuela cargarme en sus brazos y arrullarme a los pocos días de haber nacido.

¿Cómo puedes recordarla si en esos momentos no veías, no pensabas, no sabías ni siquiera quiénes eran las figuras a tu alrededor?

Recuerdo su piel con mi piel, su aliento con el mío, su esperanza y la mía.

Cuando la vida comienza y cuando la vida termina, alguien arrulla al bebé, alguien arrulla al muerto, pero también y al mismo tiempo, el bebé arrulla a quien lo carga, el muerto arrulla a quien lo despide.

Unos días antes de morir, después de años de estar en silencio y casi en ausencia -aunque después nos dimos cuenta de que aún con sus ojos cerrados ella seguía sosteniendo la energía familiar- mi abuela no quería soltar el cuerpo porque en su vientre vibraba la energía que le decía: Una madre no abandona a sus hijas.

Sin lenguaje, sin poder comer por sí misma, sin memoria -dirían algunos-, su fuerza vital hacía lo que siempre había hecho y nunca dejará de hacer.

¿Sabías que cuando tu abuela estaba embarazada de tu madre, en el cuerpo de ese pequeño feto ya habitabas tú en forma de ovocito?

El vientre materno guarda todos los secretos del mundo, aquellos que no necesitan del lenguaje y que hacen que toda madre sepa ser madre, y que toda madre sea madre, antes de serlo.

Yo pensaba que la que me alimentaba en la mesa era mi abuela, pues ella era quien hacía el mercado, pelaba las berenjenas, las ponía a hervir y me las servía en abundancia. Pero no era solo la abuela, porque ella cocinaba las recetas de su abuela, con los trucos de su madre, y luego, las que servían mi plato y lo rellenaban, eran mi madre, mi tía, mi hermana y mis primas que nunca me han dejado sin arroz. Antes de pedirlo, antes siquiera de levantar la mirada para buscar el platón de arroz en la mesa, ya está el brazo estirado de alguna de ellas con la cuchara llena lista para mí.
Desde antes de saber cocinar, las niñas de la casa ya cargan a los bebés para que sus madres puedan comer o servir. Nadie les dijo cómo hacerlo, nadie les dijo que lo tenían que hacer, lo hacen porque toda niña es abuela antes de serlo.

La casa de la abuela es el lugar más extraordinario porque que ahí pasan las cosas más ordinarias. Se come. Se duerme. Se conversa. Se descansa.
Se hace esto por años, décadas, siglos, y, sin darnos cuenta en el momento, la casa de la abuela se convierte en el espacio que acompaña todas las primaveras y todos los inviernos que cada miembro de la familia va viviendo: los nacimientos y los duelos, las uniones y desuniones, los triunfos y los fracasos, las idas y las venidas, los momentos de saber y los momentos de no saber.


En lo que las fotografías se van acumulando por toda la casa, la memoria del amor recibido, los juegos compartidos, la textura de los sillones, los aromas de la cocina se van quedando en el cuerpo. Y cuando uno regresa a casa de la abuela, ya sea en su memoria o porque la casa sigue ahí, uno no regresa a casa de la abuela, regresa a la propia. La que no se puede abandonar. La que ha hecho de uno, uno mismo.

Ahora ve al espejo de la abuela, aquel en el que ella se miró todos los días de su vida, ese espejo enmarcado con las fotografías de su linaje, ve ahí y pela lentamente esas imágenes y conéctate con tu madre cuando era niña, con tu abuela cuando tenía tu edad. Siente a tu madre amamantándote, dándote de comer, cantándote tu canción de cuna. Siente la vibración en tu cuerpo cuando te paseaban en tu carriola, la misma que paseó a tu madre, la misma que paseó a tu hija. ¿Sientes el movimiento?

Ve con todas las mujeres que fuiste, que has sido, la guerrera, la sanadora, la amante, la cocinera, la chofera, la nodriza, la partera, la veladora. La que recogió a otros del piso, la que siempre le costó ser recogida cuando lo necesitó. La que en su cansancio encontró su fuerza para continuar el mandato de su linaje más allá de lo que le dijeron que tenía que hacer, porque siempre ha sido lo que es.
Observa detenidamente a todas esas mujeres y coloca flores en sus pies.
Ofréceles aceites aromáticos y agradecimientos y bendiciones.

Ellas son las guardianas de este bosque salvaje que no se puede atravesar solo. Son las agricultoras de este suelo que te nutre para que te conviertas en lo que quieres ser. Son las hadas que creen en ti antes que tú mismo, son las pieles que te arrullarán al principio, durante y al final de tu camino.

Serás feliz si tienes la suerte de experimentar muchas veces en tu vida las emociones que experimentaste en casa de tu abuela. Esa guarida de madres que te cuidan de una manera tan obvia que nunca tienen necesidad de nombrarlo. El amor de madre es como el latido del corazón, uno no tiene que pedir el siguiente, el siguiente te es regalado.

Por eso, hablar del recuerdo de la abuela no tiene sentido. Porque aquel que recuerda no estaría aquí si no estuviera su abuela dándole vida para poder recordar.
Si hay vida, es porque aquí están nuestras abuelas.

El vientre eterno de esta familia sabe que una madre no abandona a sus hijas, pero también, que una hija nunca abandonará a sus madres.

¿Me crees ahora si te digo que recuerdo perfectamente a mi abuela cargarme en sus brazos y arrullarme a los pocos días de haber nacido?

Recuerdo su piel con mi piel, su aliento con el mío, su esperanza y la mía.

Victor Saadia