Tardeando en La Candelaria_
*Para Búho y Maite.
¿Se dice tardear o tardeando?
Yo prefiero la segunda, aunque mi editora siempre dice que los gerundios son anglicismos que no funcionan en español.
Pero eso es lo que estoy haciendo: Paseando y pasando la tarde con dos viejos amigos, aunque esta es la primera vez que coincidimos en la misma ciudad. Qué maravilla el Whatss app. Y las conexiones que hicimos en otras vidas y que se encuentran de nuevo en esta.
Entrando al museo nos recibe la gran mano de Botero. Y a su derecha, nuestra izquierda, entramos a la colección. No la colección de su obra, sino la colección de obras de otros que él coleccionó. Seurat, Monet, Sisley, Degas. Me siento en Paris en donde me he acostumbrado a ver y leer los nombres de estos impresionistas. ¿Espera, dónde estoy? Me parece que en todas partes al mismo tiempo.
Algo hace que mis sentidos se abran. Como el café de esta mañana -el primer café colombiano que tomo en Colombia- que primero llega a mi olfato y mi gusto, antes de que me acuerde de que éste es el primer café colombiano que pruebo en Colombia.
Igual aquí. Entro en esta sala inesperada y primero se estimulan los sentidos, y solo después, entra el olor de una previa expectativa que ni siquiera sabía que tenía.
¿Cuántas veces filtro el presente a través de una expectativa medio borrosa?
Entonces, aquí decido decir que sí. Y deliberadamente suelto otra capa más de mi postura. Y suspiro.
Después de todo me siento en confianza. Porque aunque todos los cuadros me hablan al mismo tiempo, me siento en casa con estos desconocidos conocidos. Me parece que el asombro no solo es por cosas nuevas, sino lo que ya tiene un aire familiar. Como el paisaje donde se mete el sol en el horizonte, es lejano y ajeno y al mismo tiempo terriblemente mío y cotidiano. Qué increíble que el sol de Monet se sienta ya algo cotidiano.
Y que increíble la hospitalidad de estos amigos. Vienen a pasearme, pero ellos también se pasean, ellos también vienen a dejarse sorprender. Porque aunque me reciben en su casa también hay algo de su casa que les es ajena.
La hospitalidad es proximidad y lejanía. Los que reciben también están redescubriendo su propia casa.
Aunque mi mente se entretiene con los autores, las fechas y los materiales utilizados para crear cada obra, las estoy viviendo como películas. Se parece un poco a lo que imagino de la psicodelia. Lo que estaba inerte, era solo la falta de atención.
Ahora estoy en la regadera donde me viene la idea de mezclar mi tarde en La Candelaria con el juego del gerundio. Pero no me salgo de bañar, la vivo, sin preocuparme si esta idea se quedará o no.
Me estoy bañando.
Me cuenta que ésta es una de las grandes colecciones de arte que existen, no tanto por su caudal, sino por la variedad de nombres reunidos en un mismo cuarto. Y no tanto por la variedad de nombres, sino por el cuadro específico que el coleccionista eligió de cada artista. Este hombre no coleccionó por el valor comercial de cada pieza, sino porque necesitaba tener ese cuadro específico al salir de la ducha cada mañana.
Huelo el vapor caliente,
escucho la cortina metálica deslizarse por el tubo,
el calorcito cambiándose con el aire frío que entra al abrir la puerta.
En el primer restaurante nos dicen que no hay lugar, vamos al segundo, que tampoco. Pero en lo que decidimos cuál será el tercero, sale la dueña y nos dice que para nosotros siempre hay lugar. Mis amigos no lo pidieron, de hecho, hasta les dio gusto que el restaurante siguiera lleno después de tantas décadas ahí, y aceptaron, como quien se ha acostumbrado a dejar entrar lo que es, que éste no sería el viaje dónde su invitado probaría las pechugas rellenas de su restaurante de antaño.
Ahora están llegando a la mesa las humeantes y desesperadas pechugas, que, envueltas en salsa de queso y rellenas de ciruelas pasas, lo único que piden es ser comidas. Pero estamos en medio de la lectura del cuento. Así que las pechugas tienen que esperar.
Durante la comida se cita a Neruda, a Shakespeare, a T.S. Elliot, a Khalil Gibran. No como signo de erudición -ni siquiera como referencia para dar más contexto a lo que se quiere transmitir- sino como reflejo directo de lo que uno es. Es como con las matemáticas, uno no las usa para mostrar que sabe matemáticas, las usa para poder pagar la cuenta- la cual pagan sin yo enterarme- las usa, porque las matemáticas ayudan a vivir y aunque no las conozcas, éstas han organizado tu mundo. Como esta frase de Clarice Lispector: Todo el mundo comenzó con un sí.
Y esto es precisamente lo que me gusta de mis anfitriones: Que hablamos de todo. Inclusive del cirujano que eligieron para el implante capilar y que le ayudó a él a truncar la tradición alopécica de sus ancestros.
Parlamentamos de guerra y paz, del tipo de cambio, del amor y desamor, de que si las tortillas son mejores que las arepas.
Pero nada se siente como blancos o negros -dicotomías binarias dónde uno tiene que elegir- porque en el mundo que me van revelando cada que doblamos una esquina, todo es un continuo y todo cabe.
Vidamuerte, lusombra. Amistad.
Como cuando apunta con su dedo hacia la ventana de la oficina en la casa presidencial donde laboró durante nueve años.
A los 62 años que creo que hoy tiene, le hablan a ofrecer trabajos, importantes, bien pagados, con todo el prestigio, y él, por teléfono desde su casa de campo avistando el lago, contesta: “si Presidente, entiendo, pero no lo voy a hacer”. Y meses después la misma llamada y la misma respuesta: “Si, entiendo lo que me está pidiendo y le agradezco mucho, pero no lo voy a hacer”. No tiene que decir en fuerte que ya tiene la vida que quiere. El presidente comprende pero no quiere comprender esa respuesta.
Qué lindas estas figuras que forma el shampoo cuando se mezcla con agua y se remolina antes de caer al desagüe. ¿Cuántas burbujas se formaran cada vez que me baño?
Este hombre está parado en su tiempo. Y dice que sí.
Sí.
La tarde se siente completa. Saciada. Se siente así desde que comenzó. Mi viaje ha valido la pena y apenas comienza.
Después de todo, me celebro haber aterrizado sin demasiada expectativa. Y es lo que les leo en mi texto sobre la libertad. Porque a mí también me gusta leerme en voz alta y que me escuchen. La libertad no es la noche de la liberación o de la iluminación, sino lo que pasa el día siguiente. Encontrar el presente en donde él nos encuentra a nosotros. Y esto, esto se me queda masticando en los días siguientes:
Poner atención no es solo decidir dónde ponerla, sino permitir al mundo que nos atienda a nosotros.
De hecho, el mundo siempre me está atendiendo. Lo atienda yo o no.
Ahora estoy mañaneando de vuelta en mi otra casa y me emociono de estar escribiendo. Esa mezcla de “¿para qué?” con “esto es lo único que quiero hacer al salir de la ducha”.
Habré recuperado la esperanza. No para siempre, pero si en la posibilidad de cada presente.
Respiro.
Pauso.
Te doy el tiempo de hacerlo a ti.
Siente cómo estás siendo atendida por el mundo.
Sí.
Y cierro con esta frase que viene en el libro que mi amigo me regala antes de irme al aeropuerto:
“Escribir es intentar descubrir lo que escribiríamos si escribiésemos” Así lo expresa Marguerite Duras, pasando del infinitivo al condicional y luego al subjuntivo.
No solo hay gerundios. El mundo se sigue expandiendo.
Y yo -y tú- tardeando en La Candelaria.