Metafísica_

La palabra metafísica la aprendí en un cuento.
Sucede que hace muchos años, en una de esas grandes bibliotecas donde se alojaba todo el conocimiento humano, los libros, como hoy, se acomodaban por tema: Matemáticas. Biología. Química. Física. Y todas las demás categorías.
Pero había ciertos temas que no cabían dentro de esas repisas: los tratados sobre el alma, sobre el significado de la vida, sobre los temas del ser y lo trascendental. Sucede que estos libros, por no saber dónde ponerlos, los acomodaban en un estante que quedaba pegadito al de Física. Y entonces, alguien, por no saber bien como nombrar esa categoría, y dado que el estante estaba un poco más allá del de Física, nombró a esa categoría de libros como “Metafísica.” Que etimológicamente significa: más allá de la física.

Esta historia puede ser apócrifa, inventada, pero para mí fue muy útil para quedarme con esa palabra en mi vocabulario. Y con la noción de que siempre hay algo que no podemos terminar de explicar con las ciencias y los lenguajes conocidos. Cosas meta-físicas.

¿Por qué escribo esto?

Porque desde hace algunas semanas vengo dándome cuenta de que, la metafísica, para que opere como metafísica, debe tener una resonancia dentro de lo físico. Casi como que la metafísica no puede existir si no es física al mismo tiempo.

Ejemplo:

Trata de explicar cuánto quieres a tus hijos.

Puedes decir las palabras más poéticas, precisas, hermosas, grandilocuentes, perfectas, y, sin embargo, hay algo que siempre se queda sin poderse decir. ¿No es así?

Hagamos el ejercicio.

Conéctate ahora con la imagen, la presencia, de tus hijos. Siente su piel, sus sonrisas, sus deseos de vivir y de explorar. Percibe su curiosidad, su inocencia, su fragilidad, su desorientación. Nota su respiración momentos antes de que se queden dormidos. Siente ese calor que sale de su boca y quédate ahí un rato. Solo sintiendo.

Ahora trata de decir lo que se siente.

Querrás ponerme una canción, o un poema, tal vez mostrar una foto en tu celular, y aún, hay algo tuyo del amor por tus hijos que no podrá nunca ser transmitido. Y esto que sentiste al leer mi narración no está en la narración, sino en ti, o en tu alma, o en el ser, o en la metafísica, y al mismo tiempo, es lo más físico que puedes sentir.

En estas últimas semanas pedí ayuda a familiares y amigos desde un lugar que nunca había hecho antes. Al notar mis estados de ansiedad, sí, recurrí a mi respiración, a mi cuaderno, a mi ejercicio, al agua fría (a veces), pero hice algo que usualmente no hago: tomé de la mano a mis amigas y las vi a los ojos y pedí soporte, pedí a mi hermana que se acueste conmigo y me cuide mientras pasaba por un ataque de ansiedad, dejé entrar hasta dentro de mis fibras los mensajes que mi esposa me manda recordándome que está conmigo, me permití llorar mientras un amigo me decía que el usará todo su capital intelectual para apoyarme. Una tarde me acosté en la cama con mis hijas, desmayado del cansancio de mover tanto miedo en mi cuerpo, y en vez de dar más y más vueltas mentales, me dejé sentir su piel con la mía, su respiración con la mía, y me quedé dormido.

Mandé varios whatss apps a amigos y más allá de escuchar los consejos y las respuestas a mis preguntas, me permití sentir su cariño, su respeto, su aceptación de mí, sus ganas de sostenerme y sobre todo, el sostenimiento que ya estaba teniendo al tan solo recibir unos mensajes de su parte.

Me queda claro que esto ha sido siempre así. Si estoy vivo y estoy aquí es porque siempre he contado con la generosidad de íntimos y extraños, pero algo cambia más profundamente cuando me permito sentir ese apoyo y no solo saber que existe o que lo tengo disponible a un whatss app de distancia.

No es lo mismo saber que tengo un colchón que me sostiene que acostarme en él. No es lo mismo saber que tengo un colchón, que sentir cada fibra de mi cuerpo, cada gramo de mi peso, cada centímetro de mi extensión, que soltarme y ser sostenido por completo.

Hagamos el ejercicio.

Nota en dónde está apoyado tu cuerpo ahora. Tus nalgas en una silla, tus pies en algún piso, tu espalda en algún respaldo. Y ahora, solo clava tu atención en sentir el grado de soporte que sientes. La fuerza con la que esa superficie te tiene. Y, si quieres, imagínate que te estás cayendo y nota como esa superficie no te deja. Te sostiene. Te eleva.

Suelta más.

Y respira.

La potencia de tu gente cercana no radica únicamente en que te pueden dar consejos, o te pueden prestar dinero, o mil maneras de darte cualquier cosa que necesites. Radica, en que esta gente te ama, te admira, te respeta, no te juzga, y más allá de que quieran que cambies algunas cosas, en el fondo, lo que quieren es que te atrevas a ser tú mismo, que les muestres todo lo que hasta a ti te da miedo mostrarte, y que te des cuenta de que tú puedes ser tú, completamente tú, con ellos. Siempre.

Si no me crees, de hecho es mejor que no me creas, experiméntalo ahora.

Siente los grandes soportes de tu vida -Dios, el amor, tus padres, tus hijos, tus amigos, tu perro, tu pareja, tu árbol favorito, tu libro de cabecera, el collar que te dejó tu abuela- y siente cómo descansas en ellos. Siente como eres completamente bienvenido. Y suficiente.

 

-0-


La metafísica es metafísica porque es física.

Victor Saadia